octubre 03, 2012

Moral monetaria. El Arte, actividad cultural o producto comercial.

     En este ritual [1] que no es otra cosa que nuestro día a día, podemos ver como, entre las diferentes variables, el dinero es la única que se mantiene de manera determinante, ya sea para alimentarnos, educarnos, obtener los distintos niveles de seguridad y placer que necesitamos, etc. Y el arte no se escapa a eso, ya que además de tener las mismas limitaciones físicas de lo mundano, es un fenómeno colectivo que se da en una sociedad signada por el consumismo masivo que tiene como regla básica la obtención de poder económico por medio de la oferta y la demanda. Es bajo este orden que se perfilan los criterios que determinan los valores artísticos de nuestra sociedad, porque ya no importa el valor subjetivo de una obra y su autor [2], sino que es la sociedad en la que nace y vive la que determina dicho valor; es el mercado quien decide que artista vale o cual merece ser olvidado.
     Un ejemplo de esto lo podemos ver en la obra de Milo Lockett, artista argentino y residente en Uruguay que explica en una entrevista como su metodología de trabajo ha sido signada por el mercado donde, afortunadamente para él, ha podido acceder. Esto lo ha llevado a contratar ayudantes para poder trabajar a un ritmo acelerado: “Soy un autor de mil obras, mil quinientas al año. Trabajo con ayudantes y no podría trabajar de otra manera.”[3]. Esto, aunque nos haga pensar en la producción en masa, nos incluye también en la discusión de que si es estrictamente necesario que una obra pierda calidad al ser producida de manera comercial. Y no se trata de una calidad plástica o técnica, sino que nos referimos a la calidad en cuanto al contenido, al sentido que pueda motivar al artista.
     Hay algunos artistas que optan por el oficio de ilustradores o dibujantes de comics, diseñadores enfocados en crear narraciones visuales cargadas muchas veces de significados muy profundos y que pueden ser utilizados tanto para el entretenimiento como para la educación o la denuncia, ejemplo de esto son Mafalda, Los Simpson, las historietas de súper héroes, etc. Estos profesionales están marcados por el dilema de hacer trabajos de calidad y que a su vez les permitan ser lo suficientemente rentables para ser apoyados por las respectivas casas editoriales que les permitan ver a luz a sus trabajos. Un ejemplo de esto es el caso de Carlos Cruz Diez quien ejerció el oficio de ilustrador para El Nacional (entre 1953 – 1955) [4]. En estos casos, el tiempo siempre es un factor determinante en cuanto que, la obra es vista como mercancía, como medio para adquirir beneficio, y el mercado siempre busca obtener el mayor beneficio.
     Así mismo podemos ver lo que sucedió en el caso de Barrilete, museo de los niños, en Córdoba, Argentina; el cual fue cerrado por falta de presupuesto para pagar una nueva concesión del lugar. Este sitio quedó atrapado en un juego legal y burocrático que le quitó la posibilidad a esa comunidad de continuar dando uso a esos espacios de creación. De nada valieron las cientos de manifestaciones escritas y publicas hechas por personalidades del medio artístico para que las autoridades reflexionaran y buscaran una solución satisfactoria al problema. “Las sociedades avanzan. Pero avanzan con una variable determinante, el mercado. Sí, “chocolate por la noticia” me dirán los lectores, pero esta esfera en la que el dinero es el valor de cambio y el que tiene capacidad de compra es el que gana. Y Barrilete no se vio exento de ello.”, así expresa Soledad Toledo, colaboradora de la revista El Vernáculo [5], su indignación frente a esa realidad.
     Como producto de nuestra sociedad, el arte ha quedado hundido en la guerra económica que nos obliga a ser dueños de una cuota de poder financiero que nos permita resistir a los embates del tiempo. No es el misticismo, la fe ni los discursos grandilocuentes lo que permite hoy en día a una obra resaltar y ser tomada en cuenta, es su valor comercial, es la capacidad que esta tenga para acaparar la atención de las masas y así pueda ser vehiculo de ganancias, poder producir dinero. Y muchas veces ni siquiera a los artistas, que mueren en la miseria mientras las grandes subastadoras de arte venden sus obras en cifras de millones y peor aún, se enorgullecen de ello; sino revisemos los precios a los que se han vendido obras de Pollock, Van Gogh y Reverón, cuando en vida, esos personajes entregaron su vida entera a la búsqueda del espíritu humano, de la existencia, de la verdad y murieron en el intento, comiendo restos y vistiendo harapos. Claro está, pareciera que existen parámetros éticos particulares para determinado grupo de personas y que la igualdad solo es un slogan de la publicidad moral en la que nacimos.
     “En una sociedad basada en el comercio, en el dinero, la honestidad es solo una quimera”[6], ya que toda actividad queda signada por el lucro y no ya por las motivaciones esenciales de cada necesidad. Y es la cultura victima de esta realidad; es el arte reflejo de esta enfermedad colectiva de la cual nadie podrá conocer el resultado, solo queda continuar trabajando y esperar a que quede historia que registre esta época tan nefasta y vulgar.

Enero 29 de 2012.