A veces yo me pregunto ¿en qué
momento se torció la historia? ¿Por qué de pronto el ser humano comenzó a
parecerse tanto a los cerdos, cuando nuestros dioses eran aves y felinos? ¿Cuál
es la razón para que vivamos de una manera tan desigual? ¿Acaso será una
condición natural el que seamos autodestructivos? Al leer Las venas abiertas, pareciera que algunas de estas preguntas
fuesen, tal vez no contestadas, pero si tocadas por Eduardo Galeano, en un
recorrido muy certero del fenómeno histórico de la conquista, colonización y
explotación del continente americano, por parte de los países europeos a partir
del s. XV.
No tanto los países, sino la
naciente clase burguesa de estos, que emergió del latifundio y el comercio y
que estaría destinada a desplazar del poder a la monarquía, quienes serían los
afortunados beneficiarios de los resultados del gran riesgo corrido por un
aventurero genovés, quien murió pensando que había llegado al continente
asiático por el este. A pesar de esto y fuera donde fuera que hubieran llegado,
los exploradores se sintieron con derecho de adueñarse de todo, pasando por
encima de todo y vistiéndose con el traje de terrible aunque históricamente
solapada reputación, el de invasores.
Este derecho totalmente injusto,
ha sido justificado a través de la evangelización; cuyos principios
(manipulados muy a conveniencia) han servido para dar soporte moral al
extraordinario desastre que estas personas han sido capaces de cometer, con tal
de hacerse de las riquezas materiales que América guardaba. Se han aceptado más
de cinco siglos de destrucción masiva y completamente impune, con el convencimiento
de que su dios les ha dado licencia irrevocable y absoluta sobre lo que nunca
fue de ellos.
Desde la plata del Potosí, el
oro del norte de Brasil, el azúcar explotado en el Caribe y los hombres,
mujeres y niños que fueron torturados, secuestrados, explotados y cruelmente
asesinados; el poder de la violencia ha dado sus frutos con exagerada plusvalía
para quienes aún hoy ostentan el poder económico mundial. Ya que nuestra actual
sociedad está cimentada en la realidad vivida por estos seres humanos que
sufren la pena de haber servido de objetos productivos de una riqueza ajena y
desconocida. No solo las personas, también nuestra madre tierra continua
enferma de esta historia aún vigente. Estos hijos
de la madre patria han sido capaces de dejar estériles las tierras de lo que
alguna vez consideraron el Edén, no solo al casi desaparecer a sus retoños
humanos tras un cruel sufrimiento y dominación, sino que también al secarle las
entrañas.
Toneladas de plata se extrajo
del cerro Potosí en la actual Bolivia, cuya ciudad creció de forma exponencial
cuando así fue conveniente y que luego de muchos litros de sangre, lágrimas y
aguardiente, fue simplemente dejada en el olvido, para luego hacer lo mismo con
Ouro Preto en Brasil y así con el resto del continente y sus islas, sus recursos
y, no solo sus gentes, sino también las traídas desde el otro lado del
Atlántico. Se calculan en millones las personas secuestradas en África, para el
usufructo de los colonizadores que nunca fueron capaces de hacer un esfuerzo
propio para conseguir lo deseado. El terrorismo sigue siendo la metodología por
medio de la cual la violencia se ha superpuesto a la armonía y desde entonces
ha venido creciendo una sociedad mundial basada en el poder que da la fuerza de
unos sobre otros. Hay que tener claro que la actual situación de desigualdad
entre los llamados primer y tercer mundos es fruto de la historia de la
invasión de América y su alargada y estúpida explotación. Utilizo ese
calificativo ya que es evidente la mala utilización que se ha hecho y se sigue
haciendo de los frutos de nuestro hábitat y los resultados están a la vista.
Esta situación se mantiene viva,
la maquinaria de dominación se ha estructurado de una manera tan especializada
que ya no hacen falta ejércitos y fuego (como tal vez si necesitan en otros países,
con culturas fuertes). Nuestros recursos siguen siendo aprovechados por ajenos
y nosotros se los entregamos en las manos, además de sentirnos agradecidos por
ello. Nuestra percepción del mundo está dirigida por nuestra educación y esta
ha sido muy claramente llevada a cabo con la meta de mantenernos en un estado
de sumisión que permita que la esclavitud continúe existiendo, pero ya con
nuestra venia. Somos indulgentes con nuestros verdugos y les besamos los puños.
Rezamos al demiurgo que juega al futbol con nuestras cabezas.
Este panorama, donde culturas
enteras fueron desaparecidas y una nueva implantada, es el que sirve de patrón
para la nuestra. Pasamos la vida (quienes decidimos tomar el camino de los
estudios) investigando y conociendo cada vez mas a fondo, la historia y los
modos de quienes nos dominan y explotan, teniéndolos como paradigma, como
modelo, como ejemplo. Esto conforma nuestras expresiones artísticas, que nacen
desde la colonia y están signadas por el modelo renacentista- burgués de arte
para entretener, arte como decoración de salones (que en un comienzo fueron colecciones
particulares, pero que luego se convirtieron en institucionales) y que
representan el status quo anhelado. De lado quedaron las formas simbólicas y
rituales que conformaban la cosmovisión de los pueblos originarios de América y
África, que representaban la interconexión del todo y no simplemente la
expresión del ego artístico.
Las venas abiertas de América latina es una denuncia tan bien
formulada y de tan evidente alcance que aún hoy sigue manteniéndose fuera del
alcance de las masas. En este libro se encuentra condensada la información
necesaria para entender la realidad histórica de la que somos hijos, no solo
los americanos, sino la humanidad entera; ya que desde aquellos hechos nació el
actual orden mundial. Por esto, a pesar de todo el discurso político en el que
estamos envueltos los venezolanos, vemos como las campañas electorales y los
centros comerciales siguen teniendo mayor difusión que la educación, entendida
esta no como formadora, sino como generadora de conocimiento. De esta manera se
mantiene el actual modelo de dominación y se trunca cualquier proceso de
cambio, el sistema ha aprendido muy bien a mantenerse a salvo.